viernes, 6 de mayo de 2011

Desvario lúcido

Soy capaz de razonar como es debido y de sumar y restar prescindiendo de los dedos, pero he sido incapaz de comprender durante largo tiempo esto: No soy las palabras que escupo a la cara de mis enemigos ni tampoco los consejos y las palabras de aliento que pueden envolver el dolor de mis amigos. No soy lo que dicen y piensan sobre mí, pues ni siquiera soy lo que yo misma digo y creo sobre mí. No soy nada de lo anterior y posiblemente no sea nada de lo que pueda ser descrito posteriormente. No soy mis miedos, no soy un cuerpo, ni tampoco soy un conjunto de ideales. No soy el dolor, la rabia y la venganza que pueda albergar dentro y disto mucho de ser todo el amor que haya almacenado, pues contraria a la idea que germina en nuestra cabeza desde la infancia : no somos el amor que recibimos, no somos o no somos respecto al afecto que se nos es procesado, por encima de la capacidad de ser amados, está la capacidad no sólo de amar, sino de amar bien, de amarte bien, de hacer las cosas con y por amor. Somos, a fin de cuentas, el amor que damos, que es el único y realmente verdadero.

Like a straw dogs.

Perros de paja, 1971 

No sé a quién temer más, si a aquel que empuña la pistola o a aquel testigo que se muestra impasible ante el disparo. ¿Es peor la indiferencia ante la violencia o la violencia en sí misma? Ya nadie parece perder el apetito ante los telediarios del mediodía, y es ese deje monótono en la voz de los presentadores el que me produce más frío que la hoja del cuchillo que mató a esa mujer. La violencia es el pan de cada día, lobotomizados por la televisión que nos muestra la violencia más brutal como un cuento de niños, las historias para no dormir ya a nadie quitan el sueño. Pues estamos inmunizados ante la muerte, la tortura, el sufrimiento. Nos han bombardeado día día la mente con imágenes crudas, crueles, que ya nos parecen totalmente normales, no gran cosa. ¿No es acaso esto lo que nos convertirá en auténticos monstruos? ¿Desde cuando la compasión es la enunciación educada de un "qué pena" o un "cómo está el mundo" que antes del café ya habrá sido digerido y olvidado? Si ya el hambre, la miseria, las guerras, los gritos, las costillas salientes, los huesos rotos, las narices partidas, los miembros amputados, las moscas, las torturas, los secuestros, los moratones, las enfermedades y toda esa retahíla que desfila en la pantalla de nuestras casas, no nos inmuta... habremos perdido para siempre el derecho de ser llamados seres humanos.


miércoles, 30 de marzo de 2011

Chamaeleonidae.

Camaleón Parson
Los camaleones gustan a todos, pero dentro de ese "todos" el noventa por ciento serán ninguno y el diez por ciento restante serán cualquiera. Despojándonos de nuestros atributos naturales no hacemos otra cosa que obstaculizar el tamiz que es nuestra personalidad, pues es capaz de separar lo valioso de lo prescindible. Cada uno tiene un tamiz dentro y aquellos con tamices más inusuales, aquellos con tamices raros, tendrán los agujeros más pequeños. Pocas cosas dejarán pasar las oberturas, pero aquellas que pasen, aunque no serán muchas, serán sin duda las mejores. Cuida de tu tamiz, pues en esta sociedad donde se miden más las amistades por la cantidad que por la calidad, que existan tamices tan selectivos, y tres o cuatro que pasen sin problemas por ellos, no es una suerte, sino una bendición.


Memoria a largo plazo.

Al fin y al cabo, no hay que perder el tiempo tratando de borrar la tinta indeleble, que ni la lluvia arrastra. Las vidas que dejamos atrás pueden diluirse, desaparecer, ocultarse o enterrarse... pero no perderse del todo. Nada se olvida, sólo tenemos que limitarnos a escribir encima.

miércoles, 2 de marzo de 2011

Las cifras no mienten pero las personas sí.

Fotografía de Elliot Erwit

Los medios tratan a las personas como porcentajes, y en todo ese panfleto sobre la objetividad y la generalización se van perdiendo una a una las identidades, que no son lo mismo que los documentos de identidad. Todo queda reducido a dígitos fríos y matemáticos, a simples números, porque al fin y al cabo ¿quién pueden sentir pena por un número? Los números son números y la pena, la pena, la pena es eso, un donativo para la conciencia. 
"Qué pena" y a dormir tranquilos.

"No hay peor ofensa que la indiferencia" - Anónimo.

Bien podríamos alienarnos, remodelarnos, prefabricarnos a partir de la masa humana que somos, y ser, un día, cualquier cualquiera que camina por la calle con gesto tranquilo. Es cierto que en ese intento perderíamos nuestros rasgos distintivos, y no puedo evitar pensar que estariamos hechos de pedazos diminutos, aunque desde fuera el conjunto pareciese bien cohesionado. Bien podríamos cubrir nuestros errores y defectos con masilla, y no sólo eso, vaciarnos y llenarnos de nuevas actitudes, aunque estas no sean más que las actitudes de todos esos cualquieras que se rozan levemente contigo en el metro. Quién sabe, quizás nos fuese mucho mejor así, estando disfrazados, camuflados la mayor parte del tiempo. O quién sabe, quizás esto sólo esté reservado para unos cuantos cualquieras, que se sienten tremendamente cobijados bajo el ala de la monotoneidad social, y no se han planteado, y posiblemente no se plantearán jamás, si quién anhela resultados diferentes, habrá de ser diferente, puesto que para algunos la indiferencia es el peor bálsamo donde se podría caer.



Se pone punto y final para seguir en un nuevo párrafo.



A veces es necesario escurrirse la cabeza, realizar la más pequeña proeza y sentarte a hablar sin parar,  por los codos, por las rodillas, por las orejas. 
A veces es necesario esto, soltarlo todo, soltarte toda. Vaciarte entera y llenarte, poquito a poco, a pequeños soplos, de todas aquellas cosas, que hacen que esta vida valga la pena.